Conjunto escultórico “El Encuentro"

 Conjunto escultórico “El Encuentro: los Indios Mansos y Fray García de San Francisco”



Introducción.

Conjunto escultórico de bronce en plancha de cemento dedicado a “Los Indios Manso y Fray García de San Francisco” celebrando “El Encuentro” de dos culturas.  Es una obra del artista Juan Carlos Canfield. Inaugurada el 23 de abril de 2001, dentro de los festejos para conmemorar el aniversario número 400 de la "Toma de Nuevo México" por Juan de Oñate. Patrocinada por la empresa "ADC de Juárez". Erigido durante la Administración Municipal 1998-2001. (4). El monumento se encuentra en el Parque Lineal Cuatro Siglos sobre la Avenida Juan Pablo II.






En el conjunto escultórico originalmente de 8 figuras, se observan dos misioneros franciscanos, uno de ellos con una cruz levantada, enfrentando en un “aparente dialogo” a un grupo de indios nativos, cuatro adultos y dos niños, plasmando en su expresión la sorpresa por encontrarse con los desconocidos.  Desafortunadamente el conjunto escultórico sufrió una mutilación importante en febrero de 2015, al ser “arrancada” violentamente, una de las esculturas del conjunto (que representaba a un niño indígena) con una sierra; hasta la fecha no se sabe dónde está esa pieza. (3).

 


Peripecias de Los misioneros Franciscanos, en la región.

En los documentos de los religiosos existen registrados tres intentos por fundar una misión en la región: la primera en 1630, cuando Fray Alonso de Benavides visitó a los Mansos pero los encontró renuentes a vivir en pueblo. En 1656, por segunda ocasión fueron visitados por los frailes García de San Francisco, Juan Carbajal y Pérez de Arteaga, mismos que tuvieron que retirarse ante las amenazas de muerte por parte de los Mansos, quienes se rebelaron ante la exigencia de trabajo y organización comunitaria; después de eso los franciscanos planearon con más cuidado el establecimiento de la misión….hasta que finalmente obtuvieron el laudo para destinar recursos materiales y humanos para construir una iglesia… Fray García migró con 10 familias de indios de la región para enseñar a los Mansos nómadas las ventajas de establecerse de manera sedentaria. Los nuevos pobladores iniciaron la construcción de un pequeño oratorio de lodo y troncos, así como chozas para los primeros habitantes, el 8 de diciembre de 1659 se tomó “posesión de esta conversión de Mansos y Sumanos y de todas las demás gentilidades circunvecinas que se agrupen… y en nombre de Dios dedico esta Santísima Iglesia y Conversión a la Santísima Virgen de Guadalupe…” (1).

Los “encuentros” entre los habitantes nativos de la región y los colonizadores extranjeros, fueron varios, antes de que lograra establecer un centro poblacional permanente, al estilo que deseaban los conquistadores, en seguida se listan  algunos de esos intentos históricamente reconocidos.

Otoño de 1535

Posiblemente fue el otoño de 1535, cuando Álvar Núñez Cabeza de Vaca fue recibido por los Mansos de esta región. Álvar anota en su libro su encuentro con el Río Bravo: “…Y pasamos un río cuando ya vino la tarde, que nos daba hasta los pechos; sería tan ancho como el de Sevilla y corría muy mucho (sic). Y a puesta del sol llegamos a cien casas de indios y antes que llegásemos salió toda la gente que en ellas había a rescebirnos (sic), con tanta grito que era espanto, y dando en los muslos grandes palmadas; traían las calabazas horadadas, con piedras dentro, que es cosa de mayor fiesta…Era tanto el miedo y turbación que estos tenían, que por llegar más prestos los unos que los otros a tocarnos, nos apretaron tanto que por poco nos hubieran de matar, y sin dejarnos poner los pies en el suelo nos llevaron a sus casas…” (2).

Verano de 1581

Cuarenta y seis años después la región es visitada de nuevo, el capitán Hernán Gallegos que venía en la expedición de Francisco Sánchez (alias) Chamuscado. Gallegos narra su encuentro con los indígenas. Estos le regalan a la expedición alimento y agua. El capitán describe el Paso del Río y las herramientas de caza de los indígenas, usaban un “ocae” o flecha de carrizo, los indios llevaban “bonetes con plumas vistosas…”  (2). 

Enero de 1582

Siete meses después, Antonio de Espejo narra su encuentro con el río y los habitantes de la región: “…Viajamos río arriba por cuatro días, fue cuando vino un gran número de gente que vive cerca de los lagos por donde está la corriente del río del norte. Esta gente que suma en número mayor de mil indios vive en rancherías de casas de paja. Y salieron a saludarnos hombres, mujeres y niños. Cada uno traía un regalo hecho con frutas y mucha variedad de pescado que abunda en estos lagos. También trajeron otras comidas, tanta y en tal abundancia que mucha se tuvo que perder…” (2). 

Año de 1582

Otro de los cronistas de la expedición de Espejo, Diego Pérez de Luxan, anotó en su diario como vestían los nativos, portando “un moño en las partes privadas”; Pérez llamó a los indios Tanpoachas o Tanpachoas, y describe como recibió de ellos gran cantidad de fruto de mezquite, maíz y pescado, que capturaban por medio de pequeñas redes. Pérez de Luxan no descuidó de anotar “el modo de hacer la guerra” de los indígenas: tenían arcos y flechas “de tonillo” de mezquite (2)...".

Verano de 1590

Gaspar Castaño de Sosa conduce una expedición “ilegal” de estos territorios; sin contar con la licencia del Virrey, emprendió la conquista de la Nuevo México y se hizo acompañar de 107 aventureros; fue acosado por los indios, le mataron la mayoría de sus hombres, fue arrestado por el capitán Juan Morlete por el delito de haber “expedicionado” sin el permiso de las autoridades españolas (2).

Abril y mayo de 1598

Llega a la región la gran caravana de Juan de Oñate; vienen en busca de fortuna cerca de 500 gentes, entre soldados, criollitos, hidalgos, familiares de los aventureros y autoridades civiles y eclesiásticas. Traen siete mil cabezas de ganado (vacas, mulas, bueyes, caballos, cabras, burros, cerdos, etc.). Vienen en ochenta carretas cargadas de harina, maíz trigo, y cosas de guerra: pólvora, plomo, artillería…ropa, calzado y espejuelos para los indios. La caravana cubría 5 kilómetros de largo. Los adelantados llegaron el 20 de abril a un lugar localizado 8.5 leguas río debajo de lo que es actualmente Cd. Juárez. Oñate, al ver el gran Rio Bravo, lo describe sorprendido: “…Este río más grande que el Conchos y con más agua que el Nazas, aunque su cama no es muy ancha. Es lodoso y con mucha vegetación, abundante pescado…Hay sauces, mezquites, gruesas zarzas y algunas salinas excelentes como el Guadalquivir; al que este río se parece mucho…En mayo cuatro no viajamos mucho, nos dedicamos a cruzar el río, cerca de cuarenta indios: arco turquesco, cabelleras cortadas como porrillas de Milán, copetes hechos o con sangre o con color para atesar el cabello; sus primeras palabras fueron: Manso, Manso, Micos, por decir mansos y amigos; y hacen la cruz con los dedos, y la  levantan en alto; y ayudáronos a pasar el río por el vado; y en muchas leguas no hay otro pasaje para carretas; y el vado está en treinta y un grados punctualmente (sic)…” (2).

 

Antecedentes de los pobladores originarios de la región paseña.

          A continuación, daremos una mirada a los orígenes culturales de esos habitantes. El territorio donde está localizado en la actualidad Ciudad Juárez y El Paso Texas, geográfica e históricamente ha formado parte del ahora identificado como Estado de Nuevo México de Los Estados Unidos de América, por lo tanto, se hace primero una referencia a la historia que se ha investigado sobre los pobladores de esa región estadounidense, y luego tambien se plasma la perspectiva de historiadores locales enfocada específicamente a la zona paseña.

 

Habitantes originarios en Nuevo México.     

En el texto de Myra Ellen Jenkins and Albert H. Schroeder (6) se narra que la prehistoria conocida de Nuevo México va desde aproximadamente 1,200 a. C. hasta 1,540 d. C. Durante el período más antiguo, el hombre en el hoy suroeste norteamericano, cazaba animales grandes, como mamuts, y vivía al aire libre o en refugios en cuevas. Los sitios arqueológicos más antiguos conocidos son la “Cueva de Sandia” y el “Sitio de Folson”, donde se demostró definitivamente la asociación del hombre con la fauna extinta en el suroeste norteamericano, y con investigaciones posteriores en el “Sitio de Clovis”, cerca de la “Cuenca de Anderson” (6).

A medida que los animales grandes morían durante la última fase de la edad de hielo, unos 8,000 años a. C., el cazador recurrió a la caza menor y puso más énfasis en la recolección de alimentos silvestres. Hacia la última parte del período arcaico alrededor del 3,000 a.C., también adoptó la idea de la agricultura de los vecinos de México. En la “cueva de murciélagos” en las llanuras de San Agustín del occidente de México (municipio de Coxcatlán, en el valle de Tehuacán, Puebla) se ha encontrado el maíz doméstico más antiguo hasta la fecha. Aunque esta agricultura probablemente era marginal en el mejor de los casos, restringía el ciclo de caza y recolección a áreas más pequeñas para que la gente pudiera volver a sembrar y recolectar sus cosechas en la época apropiada del año. También durante estos períodos, se desarrollaron diferencias culturales para distinguir a los nómadas más sureños dentro del Estado Neomexicano, los Cochise, de San José en la parte noroeste (6).

A medida que estas personas llegaron a depender cada vez más de sus pequeñas granjas, se volvieron más sedentarios en sus costumbres y adoptaron ideas como hacer cerámica con los vecinos de México y Arizona. Las casas de pozo para residencia durante todo el año y las estructuras ceremoniales comunales obligan a los indios que vivían en pequeñas aldeas permanentes, a intercambiar artículos que habían recogido previamente en grupos de caza y recolección. Los primeros desarrollos sedentarios en el sur y el oeste de Nuevo México se conocieron como la “Cultura Mogollón” (casas de pozo, cerámica marrón y roja y gran logia ceremonial comunitaria) y los del norte como “Los Anasazi” (casa grande, cerámica gris y pequeña logia ceremonial familiar extensa) (6).

Estas pequeñas aldeas de agricultores sedentarios probablemente relacionados con el parentesco mantuvieron contactos intercomunitarios, extrajeron hematita y turquesa, pedernal y obsidiana de canteras, así como losas para construir muros, y cambiaron por artículos que no estaban disponibles localmente, como las conchas de la costa del Pacífico. El Mogollón del suroeste de Nuevo México desarrolló gradualmente una aldea más grande, como son las “Ruinas de Woodrow”, viviendas en los acantilados del Gila, las “Ruinas de Kwilleylekia” que son viviendas en la superficie. En el centro-oeste de Nuevo México, pueblos como las ruinas del “Apache Creek” muestran una mezcla de ideas Mogollón y Anasazi (6).

En los años 1,000, los Anasazi que vivían en el noroeste de Nuevo México comenzaron a superar los logros arquitectónicos de los Mogollones ejemplificados en el desarrollo de grandes comunidades. Los Anasazi del área de “Manuelito”, el “Cañón del Chaco” y los “Monumentos Nacionales de las Ruinas Aztecas”, junto con las cercanas “Ruinas de Salmón”, desarrollaron pueblos de múltiples almacenes que encerraban una gran plaza que contenía una estructura ceremonial circular de tamaño considerable. Casi al mismo tiempo, estas personas comenzaron a usar dispositivos de control de agua para regar sus campos. También desarrollaron un complejo de caminos. Sus pueblos representan el mayor logro de desarrollo en Nuevo México en el lado oeste de la vertiente continental antes del año 1,300 d.C. varias áreas en esta parte del Estado contienen una serie de sitios que representan diferentes períodos de ocupación que abarcan de 600 a 700 años, como los distritos arqueológicos “Two Grey Hill” y “Skunk Springs”. (6).

Al este de la vertiente continental, los Anasazi en el área centro-norte del drenaje del Río Grande, recibieron ideas del oeste vía del drenaje de San José, entre los años 600 y 700. Sin embargo, cuando adoptaron la arquitectura superficial varios cientos de años después, en su mayoría construyeron casas de un solo piso de barro o de barro y madera. No fue sino hasta que una gran sequía a finales de 1,200 que obligó a muchos de los indios del lado oeste de la vertiente a abandonar sus granjas y mudarse al este, hacia el Valle del Río Grande, lo que contribuyó a que los pueblos de la parte Norte-Central de Nuevo México se convirtieran en comunidades más grandes, como se ve en el “Monumento Nacional Bandelier”, el “Castillo de la Chama” y “Tsiping” (6).

Aunque el desarrollo a lo largo del Valle del Río Grande antes del 1,300 d.C. no había sido de particular importancia, al este del valle fue aún menor. Contingentes de familias Mogollón y Anasazi vagaron por el valle, entre el 700 y el 900 d.C. en las partes sureste y noreste respectivamente del Estado (de Nuevo México), instalándose en pequeñas villas agrícolas al este de las montañas, como el “Petroglifo de los tres ríos” y el “Sitio Pueblo” (6).

Para el 1,300, estos grupos se han unido a parientes a lo largo del Río Grande o se han concentrado en algunas áreas favorables al este de las montañas, como “Pecos” y el área del “Gran Monumento Nacional Quivira”. Estos pueblos Fronterizos se convirtieron en centros comerciales para los indios de las llanuras. Después de la sequía de finales de 1,200 al oeste de la vertiente continental, algunos pueblos sobrevivieron en el área Zuni, como “Heshotauthla” y “Yellow House Ruin”, y algunos cerca de Luna, Nuevo México (6),

Como resultado de estos cambios de población, se originaron la mayoría de los pueblos principales que sobrevivieron hasta tiempos históricos, incluido Hawikuh el primer pueblo contactado por los españoles, así como Kiakima, Kwakima, Kechepewan, Matsaki y otros pueblos de habla Zuni (6).

Acoma al este, así como otros pueblos de habla Keres existentes, junto con los pueblos Tigua desde Taos Pueblo en el norte hasta Isleta en el sur, con los pueblos Tewa entre ellos, tuvieron su comienzo en los años 1,300. Los pueblos Piro en el área de Socorro y los pueblos Tompiros en la región actual de Mountainair, como Ábo y Pueblo Colorado, también se convirtieron en centros mayores en este momento al igual que Pueblo Galisteo, Pueblo de San Lázaro y otros sitios Tano en el área de la Cuenca Galisteo y los pueblos Towa de Jémez (6).

Cada uno de estos pueblos individuales o, en algunos casos, en grupos lingüísticos, habían desarrollado sus estilos particulares de alfarería. Algunos pueblos tenían ventajas económicas, como las Keres de “San Marcos Pueblo”, otros con las minas de turquesas en “Cerritos Hills”, los Jémez con sus depósitos de obsidiana, o los Tompiros con los depósitos de sal en los lagos al este de sus pueblos. Todas las fincas directamente a lo largo del Río Bravo, así como aquellas en los arroyos tributarios, fueron abastecidos por canales de irrigación. Otros pueblos lejos de las corrientes vivas, que dependían de la lluvia para sus cultivos, sufrieron mucho por una gran sequía a fines del siglo XVI. Esta situación posterior llevó al abandono de la “Meseta del pajarito”, en la que se ubican el “Monumento Nacional Bandelier” y el “Puye”, y del “Drenaje Chama” donde se ocuparon grandes sitios como un Sapawe (6). Toda la ocupación de los ríos tributarios parece haber sido afectada, incluyendo el área de Jémez. Otros que vivían de la corriente principal, como los Tompiros, lograron sobrevivir durante unos 100 años más (6).

En el momento de la primera incursión española en 1540, la mayoría de los pueblos de Nuevo México habían adoptado una plaza de planta rectangular con una plaza central rodeada de viviendas de varios pisos con terrazas detrás de la plaza. “Taos Pueblo”, con dos unidades compactas separadas por una Plaza, fue la excepción más famosa. Las casas individuales en cada una variaban de 3 a 10 o más cuartos por familia, dependiendo del número de pisos en el pueblo. Las habitaciones de la planta baja normalmente no tenían aberturas, la entrada al Pueblo se hacía por escaleras exteriores hasta la parte superior del primer piso, y otros pisos arriba. Los corrales de pavos, una variedad de perros y las tierras de cultivo cercanas eran comunes en la mayoría de los pueblos (6).

Los Apaches que entraron al suroeste norteamericano desde las llanuras, posiblemente a principios o mediados de 1,500, habían establecido relaciones amistosas con los pueblos del este en el momento de la llegada de los españoles, aunque es posible que se hayan desarrollado algunas fricciones con los Piros en el sur. Después de los asentamientos españoles, se aplicaron diferentes nombres a los grupos de Apaches, incluidos los Navajos y Utes a principios del siglo XVII, lo que llevó a los Navajos a construir sitios de mampostería en bruto en los que refugiarse, como en el distrito del “Cañon Crow”, o a concentrarse en pequeños pueblos lejos del Utes, como en “Big Bead Mesa” (6).


Mapa de la localización de los pueblos originarios de la región de Nuevo México y paseña. Preparado por Arturo Juárez con la información obtenida de las siguientes fuentes:  

-“New Mexico Atlas and Gazetter”. Cuarta Edición. DeLorme. 2006;

-Myra Ellen Jenkins y Albert H. Schroeder. “A brief history of New Mexico”. Publicado por  Cultural Properties Review Committee. The University of New Mexico Press. Albuquerque 1974.

-Darío Oscar Sánchez Reyes. “Ciudad Juárez: El legendario Paso del Norte. Orígenes.” Primera edición 1994. Meridiano 107 Editores. 

 Los pobladores originarios en la región paseña

El historiador Martín González de la Vara en su texto (7) nos comunica sobre los grupos indígenas de la región de El Paso: desde las épocas de las expediciones de Agustín Rodríguez y Antonio de Espejo, se sabía que las riberas del Bravo estaban habitadas por diversos grupos indígenas. En realidad, lo que los pobladores del norte de Nueva España llamaban “desierto” era parte bien poblada y conocida del mundo indígena. Las evidencias más tempranas de presencia humana en los alrededores de la región se remontan a una antigüedad aproximada a los 12 mil años y se reducen a una serie de puntas de flecha de tipo Clovis y Folsom encontradas en las cercanías de las montañas Guadalupe, Tularrosa y Palomas, que nos hablan de grupos cazadores y recolectores. Ya para nuestra región, hay vestigios de presencia humana de hasta aproximadamente 9 mil años de antigüedad hallados en varios sitios cercanos a El Paso, Orogrande, Doña Ana y Samalayuca…(7)

Para épocas más recientes dentro de nuestra era, si bien en la zona no encontramos vestigios de lo que llamamos en ocasiones “alta civilización”, hay ciertas evidencias que vinculan a los pobladores de nuestra región con algunas de las culturas más desarrolladas de los actuales norte de México y suroeste de Estados Unidos. En varios sitios se hallaron evidencias de que ya se comerciaba con los lugares lejanos, pues se encuentran conchas del Golfo de California y cerámica similar a la encontrada en otras partes de Nuevo México y Arizona. Para el año 1000 d.C. hay la certeza de que había un importante desarrollo agrícola, aunque no se abandonaba del todo la caza y la recolección. Las distintas huellas dejadas por estos grupos los ligan con los indios pueblos de Nuevo México, con la tradición cultural llamada Jornada Mogollón y, tal vez con la cultura de Casas Grandes (7).

Sabemos que hacia el año 1450 y debido posiblemente a una prolongada época de sequías, los grupos indígenas de la región experimentaron un aparente retroceso de su civilización al abandonar poco a poco la agricultura para dedicarse más a la caza, la pesca y la recolección. Así para finales del siglo XVI ya contamos con las descripciones hechas por los expedicionarios españoles que, con frecuencia, son contradictorias entre sí pero que nos dan información más detallada acerca de los grupos indígenas de la zona. En general, las crónicas nos hablan de tres pueblos indígenas que vivían en casi las mismas condiciones pero que tenían culturas e idiomas distintos y que ocupaban sus propios territorios: los Jumanos, los Sumas y los Mansos (7).

En 1582, la expedición de Espejo se topó con los indios sumas, que ocupaban un gran trecho de la Ribera del Río Bravo entre las actuales poblaciones de San Elizario y Ojinaga. Los Sumas practicaban la agricultura y tenían algunos pueblos permanentes hechos con casas hechas de adobe, pero también necesitaban de la caza y la recolección para sobrevivir y por ello construían habitaciones temporales con ramas que los españoles llamaron rancherías. Aunque ocuparon un territorio muy amplio debido a que eran seminómadas, no parece que hayan tenido unidad política (7).

Los Jumanos eran un pueblo emparentado con los Apaches, de tradición nómada de la zona de las planicies, pero con frecuencia se acercaban a la margen izquierda o norte del Río Bravo y entraban frecuentemente en contacto con los Sumas y en ocasiones con los Mansos (7).

Remontando el río en su camino hacia el norte, los españoles no tardaron en encontrarse con los indios mansos. En un principio este grupo recibió el nombre de indios Tanpoachas o Gorretas, pero luego los llamaron mansos porque, según las crónicas, ellos mismos se presentaban con los españoles como amigos y decían ser “mansos”. Al parecer este grupo no practicaba la agricultura ni tenía poblaciones permanentes, pues vivía de la caza, la recolección y la pesca en el Río Bravo, actividades que los convertían en nómadas. Así los mansos parecían estar menos “civilizados” que lo sumas, pero fueron quienes más contacto hicieron por los viajeros que iban y venían de Nuevo México (7).

Casi todas las crónicas de la época destacan el carácter salvaje y al mismo tiempo amistoso de los Mansos…(7).

Además de Mansos y Sumas, la región era habitada ocasionalmente por otros grupos. Se sabe que los sumas mantenían comercio con los indios tiguas y piros de Nuevo México y qué tanto ellos como los mansos tenían relaciones de guerra intercambio con otros nómadas como los apaches. En resumen, podemos afirmar que la zona de El Paso en tiempos prehispánicos distaba mucho de ser un desierto y que el Río Bravo, sus valles y montañas daban el sustento a varios grupos indígenas que convivían -no siempre pacíficamente- en sus márgenes (7).

Darío Oscar Sánchez Reyes en su texto de 1994 (8), nos detalla las características particulares de los pobladores originales en el áreas de el Paso del Rio del Norte: …Es significativa la existencia de diferentes versiones sobre el nombre dado a las tribus que poblaban la región paseña... Vetancourt al hablar de la vida de Fray Tomás Manso dice: “…Fue Procurador de la Custodia de Nuevo México, con tanta caridad con los religiosos y soldados, que hasta hoy le aclaman por padre, con tanta fama entre los bárbaros, que encontrando algunos para señal de paz decían “Manso, Manso”; poniendo su nombre por escudo a su defensa, y así a los del Paso, que hoy es Guadalupe, se les quedó el nombre de Mansos, perpetuándose su nombre en la nación…” (8).

Aunque Los viajeros del Camino Real encontraban en El Paso del Norte a los Mansos, estos se extendían por toda la región, y sus principales rancherías se ubicaban hacia el norte. Beckett y Corbett, citando a Pedro de Rivera, el Inspector General de los Presidios en 1726, ubican la aldea principal de los Mansos a 21 leguas (unos 101 Km) al norte de El Paso, señalada en el mapa de Miera y Pacheco de 1779 como “Ranchería Grande”. Las actuales montañas Franklin y Órgano, fueron conocidas en el siglo XVIII como la “Sierra de los Mansos”. Sus tribus vecinas eran las de los Piros hacia el norte, y la de los Sumas hacia el sur; estos últimos ocupaban una amplia faja de territorio del norte de Chihuahua; desde Casas Grandes hasta Ojinaga. Cercanos se encontraban también los Apaches, tribus atapascanas nómadas de Norteamérica avanzando cada vez más hacia el sur (8).

Respecto a los Mansos, los investigadores han realizado trabajos recientes tendientes a lograr su identificación étnica y la relación que guardaban con las tribus vecinas. La discusión académica se ha centrado en torno al lenguaje. Forbes demuestra que los Mansos, al igual que los Janos, Jocomes y Sumas, hablaban lenguas atapascanas; apoyado en la relación que guardaban con Los Apaches y en fuentes primarias que relacionan a los grupos indígenas y sus lenguas. Forbes en sus investigaciones concluye que dichas tribus eran Apaches; sin embargo, otros los identifican como de habla Uto-Azteca, ya que la relación de los grupos entre sí puede ser probada, pero de estos con los Apaches no del todo. Beckett Corbett señalan con evidencias que el lenguaje de los Mansos era sonorense, más relacionado al Tarahumara, Varojio, Yaqui, Mayo y Ópata; que, al Pima, Tepehuan y otros Uto-aztecas (8).

En lo correspondiente al terreno de la antropología y arqueología, existe una corriente qué trata de comprobar y evidenciar la continuidad de población del área de Ciudad Juárez, El Paso y Las Cruces, partiendo del supuesto que los Mansos descendían de los hombres de la “Fase El Paso” del área cultural “Jornada-Mogollón”, que eran sedentarios, con casas de adobe, y que se tienen registrados varios de sus sitios arqueológicos. De acuerdo con la suposición, los sitios pertenecientes a dicha fase cronológica fueron entonces de la cultura de los Mansos (8).

Recientemente se ha determinado el abandono del área “Jornada-Mogollón” al final de la “Fase El Paso”, entre 1,400 y 1,450 d. C., mediante trabajos basados en las técnicas modernas de fechado aplicadas en los sitios arqueológicos. Algunos arqueólogos señalan a la “Fase El Paso” como la etapa final de “Jornada-Mogollón”, y el hecho de que su gente permaneciera en la región y abandonara la agricultura para dedicarse a la recolección (8).

La corriente mencionada sugiere que pudieron existir fluctuaciones climáticas que originaron una crisis en los medios de subsistencia. Beckett y Corbett creen que no se dio un abandono de los pueblos Jornada-Mogollón, sino un cambio en los patrones de asentamiento humano, dejando las construcciones permanentes por aldeas fácilmente trasladables; adaptándose a las condiciones ribereñas. Lo anterior es apoyado por excavaciones recientes, en las que se ha localizado cerámica clasificada como “El Paso Brown”, “El Paso policroma” y “Chupadero blanco en negro”; cuya cronometría ha señalado fechas de 1,530 a 1,600 d.C., qué bien pudieron haber sido elaboradas por los Mansos, quiénes no perdieron sus costumbres de alfarería (8).

En cuanto a los hechos históricos relevantes de los Mansos, se encuentra los acontecimientos durante la construcción del templo de la Misión de Guadalupe; cuando estos se rebelaron en 1667, actuando el alcalde Mayor Andrés López de Gracia, quién ajustició a dos de los instigadores, colgándolos. En la misma época, los mansos y su “capitán” Chiquito, se unieron a los apaches para volver a enfrentarse con los colonos. Chiquito era el líder de los mansos no conversos, que aprovechaba cada situación para poner en riesgo la estabilidad de la misión; sus seguidores, muy probablemente serían los de la ferocidad descrita por los cronistas (8).

Al refugio de los habitantes de la provincia de Nuevo México, en El Paso, ante la revuelta general de los indios pueblos de 1680, nuevamente los mansos planearon una rebelión que estuvo a punto de provocar la pérdida del reducto hispano, si los conversos no hubieran advertido a tiempo al gobernador Domingo Gironza Petris de Cruzate. Los mansos rebeldes se vieron obligados a huir a la ranchería del capitán Chiquito, localizado unas leguas al norte.

Algunos mansos conversos permanecieron fieles y con otros se pactó la paz en 1686. En 1691, la Misión de San Francisco de los Mansos fue fundada por Francisco de las Vargas a 8 o 9 leguas (38 a 43 Km) al norte de El Paso, siendo abandonada poco tiempo después (8).

Todavía en 1751 se mencionan en los registros del archivo de Paso del Norte (Archivo Histórico Municipal de Ciudad Juárez) a los Mansos como uno de los grupos étnicos en la región (8).

Dado que la Misión de Guadalupe reuniera a otros grupos étnicos, los Mansos perdieron su identidad al mezclarse con tribus más numerosas como los Tigua, una situación semejante ocurrió con los Piros de Senecú. En 1773, un cronista anónimo de El Paso del Norte refirió a los Mansos como un grupo totalmente extinguido. Bandelier, en 1883, registra a un “último Manso” en El Paso del Norte: el cacique Nicomedes Lara, probable descendiente de esta tribu que vivía en “El Barreal” a la orilla de la villa. En 1901 el investigador Walter Fewkes, del Buro Americano de Etnología, visita Ciudad Juárez, ubicando 50 personas que se podían considerar como Piros, en Senecú; recoge algunas narraciones y estudia también a los Tigua (8).

Según Beckett y Corbett en la segunda mitad del siglo XIX (alrededor de 1851) muchas de las familias indígenas de la Misión de Guadalupe se mudaron al área de Las Cruces, y reuniéndose con otros migrantes de Senecú e Ysleta del Sur, formaron el grupo conocido actualmente como “Indios tortugas” o “Indígenes (sic) de Guadalupe” (8).

Compilación hecha por Arturo Juárez en junio de 2017 y revisada con la información relativa a los pueblos originarios, en agosto de 2023.

 

Fuentes consultadas.

1.-Santiago Guadalupe/Berumen Miguel Ángel. “La Misión de Guadalupe”. Cuadro por Cuadro. Berumen y Muñoz Editores. 2004.

2.-García-García José Manuel. “Paso del Norte Ciudad Juárez. Textos de su Historia y su Cultura (1535-1889)”. Municipio de Juárez. Primavera de 2005.

3.- Castro Salvador. 'Desaparece' escultura del Monumento a los Indios Mansos. El Diario. Domingo 22 de febrero 2015. http://diario.mx/Local/2015-02-22_fc71ded8/desaparece-escultura-del-monumento-a-los-indios-mansos-/

4.-Folleto: “Programa de calidad urbana. Juárez: Mírate en el nuevo milenio”. Municipio de Juárez. Administración 1998-2001.

5.- Fotografía de la placa tomada del folleto: “Programa de calidad urbana. Juárez: Mírate en el nuevo milenio”. Municipio de Juárez. Administración 1998-2001.

6.- Myra Ellen Jenkins y Albert H. Schroeder. “A brief history of New Mexico”. Publicado por  Cultural Properties Review Committee. The University of New Mexico Press. Albuquerque 1974.

7.- Martín González de la Vara. “Breve historia de Ciudad Juárez y su región”. Edición del Colegio de Chihuahua. Colección Miradas. 2002.

8.- Darío Oscar Sánchez Reyes. “Ciudad Juárez: El legendario Paso del Norte. Orígenes.” Primera edición 1994. Meridiano 107 Editores.

9.- Otras fotografías capturadas por Arturo Juárez en junio de 2017 y agosto de 2020.                                         


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